lunes, 22 de diciembre de 2014
Liderazgo en la gestión para la calidad educativa
Siguiendo con la propuesta de publicar muy buenos trabajos de mis alumnos, aquí va uno de la profesora Roxana Sánchez Calvo, que trata sobre las formas de liderazgo que el director de una escuela puede asumir para asegurar la calidad educativa y la reducción del "malestar".
Mirá el trabajo en este link.
sábado, 20 de diciembre de 2014
Las nuevas culturas juveniles y los desafíos para la gestión escolar
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Estrategias para una inclusión social posterior a la escolarización
Un fantástico ensayo que trata sobre los verdaderos fines de la inclusión educativa, que debe llevar a una inclusión social post escolar.
El trabajo "Estrategias para una inclusión social posterior a la escolarización" (click en este link para acceder) pertenece a la profesora Silvia Roca. Para disfrutarlo.
jueves, 20 de noviembre de 2014
El eterno dilema del huevo y la gallina
Se puede ser médico sin haber estado enfermo; abogado, sin
haber afrontado un juicio; arquitecto, sin haber mandado construir una casa;
mecánico, sin tener auto… Pero no se puede ser docente sin haber sido nunca
alumno. Esta particularidad hace de la docencia, una profesión con carácter
reproductivista, en el sentido en que lo expresa Bourdieu.
Todo profesional carga con una mochila de experiencias
propias pero también ajenas, que son las que sus profesores le han transmitido
durante su formación académica. La conjunción de ambas define el perfil con el
que el experto tratará las situaciones a las que se vea enfrentado durante el
desarrollo de su actividad. En el caso del docente, la exposición a
experiencias de los dos tipos se da desde muy temprana edad, con consecuencias
que hay que atender en toda su dimensión.
En uno de los cursos de formación docente que tengo a mi
cargo, les estaba contando a los alumnos (futuros profesores de Educación
Técnica) las distintas metodologías de enseñanza a las que se puede recurrir.
Una de ellas, y sólo una de ellas, es el método de instrucción directa. Pues
bien, los alumnos sólo reconocieron haber pasado por esa experiencia. A tal
extremo fue esta identificación, que una de las profesoras, Técnica Química, no
podía llegar a concebir de qué manera un alumno podría obtener sal de mesa a
partir de reacciones químicas de otros componentes, sin haber estudiado primero
la teoría y las fórmulas correspondientes a tal reacción. Yo, analfabeta
química, le pongo sal a las comidas a diario y puedo reconocer este producto
sin ninguna dificultad. Del mismo modo que puedo, a partir de harina, leche,
azúcar, huevos y manteca, obtener una torta sin tener la menor idea de cómo es
el proceso que lleva a este resultado. Más aún, puedo reconocer si la torta
está bien hecha, cocida, esponjosa, y hasta podría variar cantidades, tiempo de
cocción, proporciones, para obtener un mejor resultado. Probablemente, si
alguna persona me explicara cuál es el fundamento de la receta, o qué
reacciones químicas desencadena el polvo de hornear, haría la misma torta, pero
sabiendo por qué. Y seguramente estaría más preparada para las contingencias
(otro horno, una harina de distinta calidad, menos contenido de azúcar) y para
la toma de decisiones ante las eventualidades.
¿Por qué resulta tan sencillo enseñarles a nuestros hijos a
hacer una torta partiendo de la práctica y no vemos otra manera de enseñar a
nuestros alumnos que no sea desde la teoría en un pizarrón? En verdad, no creo
tener la respuesta cabal a esta pregunta, pero a priori podría inferir que se
trata de una pesada mochila de experiencia como alumnos, que nos inclina a
pensar que si así lo vivimos nosotros, así debe ser. Años de exposición a estas
prácticas como alumnos, producen la reproducción de las mismas prácticas como
docentes.
Y son prácticas en general aceptadas, no cuestionadas y
consideradas, en algunos casos, únicas. Más aún, la sola idea de variar la
forma de enseñar, asusta y genera resistencia por parte del docente. Me vuelvo
a preguntar: ¿por qué? Y arriesgo una respuesta: porque en esta misma lógica,
la inamovible, la incuestionable, la considerada única, fueron formados todos
los docentes (o, para hacer honor a la verdad, la mayoría de ellos) que se
encuentran hoy frente a las aulas. Sus profesores les han enseñado desde el
conocimiento acabado, les han transmitido una sola visión de la cuestión
educativa, y en muchos casos, les han prohibido el disenso. La docencia es una
profesión que se ejerce en la soledad de un aula: dentro de ella, el profesor
es cacique de sus alumnos, y como tal, ejerce todo el poder que, además, le fue
conferido en estos términos en el profesorado.
Sigo insistiendo que las capacitaciones y las
actualizaciones didácticas a los docentes en ejercicio son necesarias, son
bienvenidas, son útiles, pero no son suficientes cuando los institutos de
formación del profesorado siguen reproduciendo viejas prácticas ya perimidas,
cuyos abanderados son viejos profesores (no por la edad, sino por el escalafón)
poco dispuestos a reconocer sus propias falencias.
Todo un problema político que requiere una decisión
política.
domingo, 9 de noviembre de 2014
Los docentes y las TIC
Cuando hablamos de Tecnologías de la Información y la
Comunicación (TIC) en las aulas, nos encontramos frente a varias categorías de
docentes. He aquí algunas de ellas:
El docente “Alexander Graham Bell”. Es el que todavía sigue
apostando al teléfono como único modo de comunicación remota. En virtud de
esto, desconoce absolutamente todo nuevo sistema digital de transferencia de
datos: para él no existe internet, ni las vías satelitales, ni las conexiones
ADSL. La circulación de información es unidireccional: el diario, la radio y la
televisión concentran la información y la transmiten a los consumidores de
noticias y entretenimientos, sin que éstos puedan participar en las decisiones
políticas que implican los recortes con que tales medios de comunicación
masivos procuran mostrarnos la realidad. En este sentido, lo que muestran esos
medios “es” la realidad, no se discute.
Si trasladamos este modelo al
aula, tendremos un docente que transmitirá a sus alumnos el mismo conocimiento
que él a su vez recibió hace probablemente veinte o treinta años cuando
estudiaba en el profesorado, que a su vez le fue transmitido por alguien que ya
los tenía adquiridos desde otros veinte o treinta años atrás. Y se lo
transmitirá del mismo modo: procesado, recortado, armado según su propio
criterio, que a su vez es el criterio con el que se lo inculcaron, de un modo
unidireccional, con lo que sus alumnos no podrán rebatir ni revertir ninguno de
sus dichos.
El chico se aburre, no le interesa lo que el
profesor le está contando, no se lo apropia, se distrae con cosas más cercanas
a su manera habitual de acceder al conocimiento, no rinde en los exámenes,
obtiene bajas calificaciones… en definitiva, el docente enseña pero el alumno
no aprende.
El docente “Don Quijote de La Mancha”. Declara a las TIC como
enemigas de la educación. Sostiene que convierten al chico en un títere, le
quitan la capacidad de razonar, de memorizar, lo sumergen en un mundo de
facilismo para el que todo se resuelve apretando un botón. Desde ese punto de
vista, inicia una cruzada solitaria contra los molinos de viento: les prohíbe a
los alumnos que entreguen trabajos impresos porque “copian y pegan de la web”,
los obliga a realizar los cálculos a mano, a memorizar datos, a buscar
información en enciclopedias en formato papel, y una batería de recursos que el
chico no se le ocurriría utilizar jamás en un ámbito fuera del escolar.
Puesto en esta realidad tan
desconectada de la habitual, el alumno no encuentra relación entre su mundo
rodeado de tecnología y el universo que le propone la escuela. Las clases
pueden ser interesantes, el tema y la dinámica utilizada por el profesor puede
cautivarlo, pero la sensación de que existe un divorcio entre la escuela y el
mundo le causa un profundo abatimiento, una sensación de inutilidad en la tarea
que emprende, y rápidamente pierde el interés por el conocimiento. Las
consecuencias de tal accionar pueden preverse sin demasiada dificultad: disminución
del rendimiento en los exámenes y bajas calificaciones.
El docente “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. Seguramente maneja tecnologías,
tiene un teléfono celular con acceso a internet y una dirección de correo
electrónico que sólo utiliza como puerta de entrada a las redes sociales. No es
ajeno, por tanto, a la dinámica de la Web 2.0.
Sin embargo, ese comportamiento
cibernético es dejado de lado en el preciso instante en que pisa el aula. La
persona hiperconectada se transforma en el más acérrimo detractor de las
autopistas informáticas: internet ya no existe, las redes sociales no son
instrumentos válidos, los chicos tienen que utilizar libros, el teléfono
celular sólo sirve para jugar y debe ser terminantemente prohibido.
Es muy llamativo el
comportamiento de este grupo y la capacidad de adaptación al medio que
experimentan. Sin embargo, a pesar de esta aparente plasticidad, tienden a ser inflexibles
y poco prácticos. Considero que más que tratarse de una postura filosófica,
esta tozudez relativa a la no incorporación de TIC en el trabajo áulico, se
debe a un profundo desconocimiento de sus potencialidades.
En este sentido, si tuvieran
acceso a cursos de capacitación convenientes, seguramente sería otra su postura.
Las consecuencias de sus prácticas docentes frente a los alumnos son las mismas
que en los casos anteriores, pero este grupo cuenta con la ventaja de una
apertura mental que los otros no tienen.
El docente “Joey
Tribbiani”. Le sobra voluntad. Se esfuerza, y mucho, por acercarse a las
tecnologías, las utiliza en el aula, las promueve entre sus alumnos. Considera
a las TIC como una herramienta indispensable para desarrollar sus clases y las usa
permanentemente. Pero a pesar de todos estos esfuerzos, no logra atrapar la
atención de sus alumnos. Los chicos se dispersan, pierden interés en los
trabajos y terminan abandonando la tarea o, en el mejor de los casos, cumpliéndola
parcialmente. Y el profesor se pregunta “¿por qué?”, como el personaje de
Friends que no logra conseguir un contrato de actuación.
Para los docentes de este grupo, la frustración es casi una constante. Hay quienes, frente a estos hechos, optan por asumir que los alumnos, pase lo que pase, no aceptarán hacer nada que tenga que ver con el estudio.
Para los docentes de este grupo, la frustración es casi una constante. Hay quienes, frente a estos hechos, optan por asumir que los alumnos, pase lo que pase, no aceptarán hacer nada que tenga que ver con el estudio.
El alumno, por su parte, inicialmente valora la apertura de su profesor al uso de las TIC en el aula, la celebra, se entusiasma, pero rápidamente descubre que no puede abordar la tarea, tecnología mediante, como él está acostumbrado a hacerlo en otros entornos. Percibe una brecha, al decir de Buckingham, entre el modo en que las utiliza dentro y fuera de la escuela. No encuentra posibilidad de explorar su creatividad, desarrollar su autonomía, tomar verdaderas decisiones en la intervención de la tecnología en el producto final. Al chico le gustaría hacer un video y subirlo a un servidor, pero su profesor le indicó una presentación de alcance local. Quisiera hacer un relato oral y subirlo a una nube, pero entre las consignas figura la entrega en un documento de procesador de textos. Y así es como finalmente, va abandonando la tarea.
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Ahora bien, ¿cuál es entonces la verdadera manera de incluir las TIC en el aula?
La respuesta es mucho más sencilla de lo que parece: ¡olvidarse de su existencia!
Las tecnologías son un mundo artificial que precede a nuestros chicos (lo cual provoca que lo naturalicen) y al que nosotros precedemos (lo cual hace que tengamos que adaptarnos). Si el docente recupera su rol docente de acompañar, guiar, aconsejar al alumno en las decisiones, pero dejar que sea él quien las tome, que elija qué soporte, qué modo de presentación, de qué manera realizar la tarea, va a poder concentrarse en lo que sabe hacer y dirigir la atención de los chicos al contenido más que al continente, al tema en cuestión más que a la forma en que se presenta.
De manera que… ¡zapatero: a tus zapatos!
domingo, 11 de mayo de 2014
La generación Z
Así suele llamarse a los chicos de ahora: la generación Z.
Todos los que trabajamos en una escuela somos testigos de conversaciones en sala de profesores en las que los protagonistas son el lamento y la nostalgia: "los chicos de ahora ya no son los de antes...".
La verdad, es que los chicos son los chicos, los de siempre. Lo que cambia es el entorno en el que se desenvuelven, en el que estos chicos viven y crecen. Y resulta ser que ese entorno también es el nuestro, pero por algún motivo no debería ser el de la escuela. Es, en el mejor de los casos, raro...
Nuestro sujeto de aprendizaje es el chico que hoy está sentado en ese banco del aula, con el celular en su bolsillo, los auriculares colgados del cuello y miles de imágenes dándoles vuelta por la cabeza. Es el chico que difícilmente te llame por teléfono: te manda un WhatsApp. El que si le preguntás algo, va a ir a conectarse a internet y transferir tu pregunta al Google: no busca ni investiga, "googlea". Sigue series por Cuevana y tiene una extensa videoteca en Youtube, consigue su música preferida con el Ares, si le preguntás qué está haciendo te contesta enviándote una foto, hace sus trabajos prácticos usando el GoogleDocs y luego los muestra con un Prezi... en fin, el libro, el papel afiche, los marcadores, las carpetas, parecen haber quedado atrás en su vida diaria, pero nunca en la escuela.
¿Esto es bueno o es malo? A priori, no sabría decirlo. Pero sí estoy segura de que es real. El chico que se sienta en un pupitre y es capaz de estar durante dos horas mirando al frente y escuchando una exposición del profesor (o al menos haciendo que escucha), busca una palabra en un diccionario, escribe a mano las preguntas y las responde buscando en el libro de texto, es un chico ficticio, una construcción puramente escolar: fuera de la escuela, el chico vive otra vida.
Creo que ese es el principal déficit con que nos enfrentamos hoy en día como docentes, esa brecha digital de la que habla Area Moreira: la relación del chico con la tecnología en la escuela es muy distinta de la verdadera. Ante tal panorama tenemos dos alternativas: nos ponemos a llorar añorando tiempos pasados e insistimos en construir un sujeto de aprendizaje que se adapte a las tradiciones del sistema educativo, o miramos más allá de los muros de la escuela y adaptamos nuestra metodología a las nuevas generaciones, sea cual sea la letra que las identifique.
Todos los que trabajamos en una escuela somos testigos de conversaciones en sala de profesores en las que los protagonistas son el lamento y la nostalgia: "los chicos de ahora ya no son los de antes...".
La verdad, es que los chicos son los chicos, los de siempre. Lo que cambia es el entorno en el que se desenvuelven, en el que estos chicos viven y crecen. Y resulta ser que ese entorno también es el nuestro, pero por algún motivo no debería ser el de la escuela. Es, en el mejor de los casos, raro...
Nuestro sujeto de aprendizaje es el chico que hoy está sentado en ese banco del aula, con el celular en su bolsillo, los auriculares colgados del cuello y miles de imágenes dándoles vuelta por la cabeza. Es el chico que difícilmente te llame por teléfono: te manda un WhatsApp. El que si le preguntás algo, va a ir a conectarse a internet y transferir tu pregunta al Google: no busca ni investiga, "googlea". Sigue series por Cuevana y tiene una extensa videoteca en Youtube, consigue su música preferida con el Ares, si le preguntás qué está haciendo te contesta enviándote una foto, hace sus trabajos prácticos usando el GoogleDocs y luego los muestra con un Prezi... en fin, el libro, el papel afiche, los marcadores, las carpetas, parecen haber quedado atrás en su vida diaria, pero nunca en la escuela.
¿Esto es bueno o es malo? A priori, no sabría decirlo. Pero sí estoy segura de que es real. El chico que se sienta en un pupitre y es capaz de estar durante dos horas mirando al frente y escuchando una exposición del profesor (o al menos haciendo que escucha), busca una palabra en un diccionario, escribe a mano las preguntas y las responde buscando en el libro de texto, es un chico ficticio, una construcción puramente escolar: fuera de la escuela, el chico vive otra vida.
Creo que ese es el principal déficit con que nos enfrentamos hoy en día como docentes, esa brecha digital de la que habla Area Moreira: la relación del chico con la tecnología en la escuela es muy distinta de la verdadera. Ante tal panorama tenemos dos alternativas: nos ponemos a llorar añorando tiempos pasados e insistimos en construir un sujeto de aprendizaje que se adapte a las tradiciones del sistema educativo, o miramos más allá de los muros de la escuela y adaptamos nuestra metodología a las nuevas generaciones, sea cual sea la letra que las identifique.
sábado, 3 de mayo de 2014
Poniendo el acento donde corresponde
Debemos ser:
- padres
- consejeros
- enfermeros
- niñeros
- psicólogos
- terapeutas familiares
- asistentes sociales
- cocineros
- escritores
- investigadores
- administrativos
- diseñadores gráficos
- actores
- directores de escena
- locutores
- conferencistas
Pero siempre se puede pedir algo más. Ahora, en estos tiempos modernos, tenemos que tener, además de toda la lista anterior (y otras tantas que seguramente ustedes podrán aportar), competencias digitales. No hay duda, para estar a la altura de las circunstancias sólo cabe una posibilidad: tener vocación docente. De modo que, habrá que ser consecuente con ella y embarcarse a adquirir esta nueva competencia.
Por un lado, es innegable que los modos de establecer las comunicaciones hoy en día exigen tener conocimiento del manejo de distintas herramientas digitales: redes sociales, mensajería instantánea, comunicaciones de voz, todas ellas son maneras de comunicarse a través de la tecnología digital. Si a esto le sumamos que nuestros alumnos, nativos digitales, asumen estas tecnologías como elementos casi naturales, nos vemos obligados como docentes inmigrantes en estas tecnologías, a ocupar un rol protagónico que nos exige capacitación.
Mejorar nuestra competencia digital no es tan difícil: “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, decía el poeta. Pues bien, pongámonos en camino. En este caso, hacer es la mejor forma de aprender. Sumergirse junto con los alumnos en el mundo digital, permitir que sean ellos quienes nos guíen, olvidar los prejuicios al respecto, animarse a ir más allá.
Existen numerosas posibilidades que enriquecerán las clases. Bien utilizadas, las computadoras se transforman no sólo en herramientas que permiten hacer tareas, sino también en asistentes a la hora de aprender. La competencia fundamental que el docente tiene que adquirir no es técnica, sino pedagógica: ¿cómo hacer para que todas esas tecnologías se apliquen convenientemente a mis clases? O dicho en otras palabras: ¿cómo transformar mis clases integrando la tecnología? No se trata de forzar la utilización de herramientas digitales, sino de diseñar un proyecto que verdaderamente las integre, un proyecto que no sería el mismo si no las tuviera en su centro.
En este sentido, cualquier propuesta de capacitación docente en herramientas digitales debe poner el acento en la educación y no en la tecnología. Como dice Juana Sancho Gil, no olvidemos que en el binomio “informática educativa” lo importante no es la informática, sino la educación.
Jurassic School
A pesar de que muchos se han reído (y con ganas…) de la famosa conductora televisiva y su duda existencial ante el hallazgo de dinosaurios en la Patagonia, existen ejemplares de una curiosa variedad de estos legendarios animales que aún respiran: los profesaurios.
Bípedos, normalmente carnívoros y nada amigables con los jóvenes cachorros de la especie humana, más comúnmente llamados alumnos, estos saurios suelen autosegregarse, negándose sistemáticamente a participar de nuevas experiencias.
Aunque muestran una imagen bravía y parecen abarcar todo el conocimiento existente de la disciplina en la que se desempeñan, son animalitos indefensos ante el avance de las nuevas tecnologías y sobre todo, del dominio que las jóvenes generaciones tienen de ellas. Ante la posibilidad de que alguno de los alumnos muestre destrezas que él no conoce, el profesaurio ataca sin piedad, anulando la inquietud del cachorro y exhibiendo estrategias autoritarias mediante las cuales se asegura el control del entorno en el que se encuentran estas dos especies, conocido como aula. De este modo, se asegura que su miedo y su ignorancia no queden expuestos ante los jóvenes, evitando así el bochornoso momento de tener que emitir un sonido que para él es sinónimo de derrota y cuya onomatopeya es “no sé”.
Haciendo un análisis ligero de la situación, podemos afirmar que este comportamiento no es más que un mecanismo de defensa ante lo que el profesaurio considera una circunstancia inadmisible para su jerarquía: el reconocimiento de sus propias limitaciones. Esto es así debido a que esta especie estima que su desarrollo formativo ya está completo y por lo tanto no tiene nada que aprender. Mucho menos aún, aprender de una especie inferior tanto en categoría como en experiencia.
Afortunadamente, existen especialistas que intervienen en este ambiente llamado escuela, con miras a evitar las reacciones adversas de los profesaurios. Los resultados de estas intervenciones están muy avanzados: aunque a muchos les cuesta un enorme esfuerzo adaptativo, cada vez son menos los que se resisten a incorporar las nuevas tecnologías a sus vidas y compartirlas con los alumnos, dejándose enseñar por ellos. En consecuencia, estos ejemplares participan, dando cuenta de una admirable voluntad, de unos programas de entrenamiento llamados alfabetización digital, en orden a dejar de ser transmisores de conocimiento para convertirse en tutores de la construcción del conocimiento de sus alumnos. A los que alcanzan este salto cualitativo se los denomina docentes.
Un docente es, en consecuencia, aquél que ha logrado vencer sus propios temores y prejuicios, se ha formado en una nueva manera de construir saberes, y ha incorporado a sus prácticas todos los elementos que, si bien para él constituyen un obstáculo (netbook, tablet, celulares, etc.), sabe que para sus alumnos son herramientas que pueden llegar a resultar muy valiosas y atractivas a la hora de aprender.
Hace ya un tiempo que me he sumado a este grupo de docentes que se encuentra en permanente formación, convencida de que la escuela ya no es lo que antes era, y que sentarse a añorar tiempos pasados sólo nos aleja más de los chicos. Hay también un lugar para vos, querido compañero docente, en este nuevo mundo. Y hay muchas personas dispuestas a ayudarte a ingresar en él. Los chicos merecen este esfuerzo de nuestra parte.
Viviendo la vivienda (microrrelato)
Una casa es un hogar cuando es fiel reflejo de la vida de sus habitantes.
Por eso Ana, cuando enviudó y se quedó sola con su pequeña hija, después de llorar amargamente, se dijo a sí misma: “Es tiempo de cambio”. Y decidió remodelar su casa.
Trabajó horas extras, juntó dinero, contrató un arquitecto que tiró paredes abajo, levantó nuevas, cambió artefactos de baño y cocina, pintó de colores vistosos, y en seis meses transformó abruptamente el lugar donde ella había vivido durante tantos años y donde había imaginado su futuro. Su presente había cambiado, su proyecto de vida había cambiado. Y su casa volvió a ser su hogar.
A partir de ese momento, Ana se sintió una mujer verdaderamente nueva.
Por eso Ana, cuando enviudó y se quedó sola con su pequeña hija, después de llorar amargamente, se dijo a sí misma: “Es tiempo de cambio”. Y decidió remodelar su casa.
Trabajó horas extras, juntó dinero, contrató un arquitecto que tiró paredes abajo, levantó nuevas, cambió artefactos de baño y cocina, pintó de colores vistosos, y en seis meses transformó abruptamente el lugar donde ella había vivido durante tantos años y donde había imaginado su futuro. Su presente había cambiado, su proyecto de vida había cambiado. Y su casa volvió a ser su hogar.
A partir de ese momento, Ana se sintió una mujer verdaderamente nueva.
¡En marcha!
Lo bueno de ir mirando el horizonte, es que nos obliga a caminar permanentemente para alcanzarlo. Lo malo, es que podemos perder de vista lo que hay en el camino por seguir un punto que no se alcanzará nunca, o que de alguna manera ya alcanzamos y no nos dimos cuenta. De modo que, iniciamos esta marcha con la convicción de que siempre se puede ir más allá, pero con la vista puesta en la realidad del camino.
Sugerencias, ideas, sitios de interés, redacciones, cuentos, imágenes, videos, recursos didácticos, teorías educativas, estrategias docentes... en fin, todo lo que implique de una u otra manera un aporte al complejo escenario educativo de hoy, es bienvenido en este blog.
¿Caminamos?
Sugerencias, ideas, sitios de interés, redacciones, cuentos, imágenes, videos, recursos didácticos, teorías educativas, estrategias docentes... en fin, todo lo que implique de una u otra manera un aporte al complejo escenario educativo de hoy, es bienvenido en este blog.
¿Caminamos?
La imagen es gentileza de V. G. Pérez Fotografía
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