Cuando hablamos de Tecnologías de la Información y la
Comunicación (TIC) en las aulas, nos encontramos frente a varias categorías de
docentes. He aquí algunas de ellas:
El docente “Alexander Graham Bell”. Es el que todavía sigue
apostando al teléfono como único modo de comunicación remota. En virtud de
esto, desconoce absolutamente todo nuevo sistema digital de transferencia de
datos: para él no existe internet, ni las vías satelitales, ni las conexiones
ADSL. La circulación de información es unidireccional: el diario, la radio y la
televisión concentran la información y la transmiten a los consumidores de
noticias y entretenimientos, sin que éstos puedan participar en las decisiones
políticas que implican los recortes con que tales medios de comunicación
masivos procuran mostrarnos la realidad. En este sentido, lo que muestran esos
medios “es” la realidad, no se discute.
Si trasladamos este modelo al
aula, tendremos un docente que transmitirá a sus alumnos el mismo conocimiento
que él a su vez recibió hace probablemente veinte o treinta años cuando
estudiaba en el profesorado, que a su vez le fue transmitido por alguien que ya
los tenía adquiridos desde otros veinte o treinta años atrás. Y se lo
transmitirá del mismo modo: procesado, recortado, armado según su propio
criterio, que a su vez es el criterio con el que se lo inculcaron, de un modo
unidireccional, con lo que sus alumnos no podrán rebatir ni revertir ninguno de
sus dichos.
El chico se aburre, no le interesa lo que el
profesor le está contando, no se lo apropia, se distrae con cosas más cercanas
a su manera habitual de acceder al conocimiento, no rinde en los exámenes,
obtiene bajas calificaciones… en definitiva, el docente enseña pero el alumno
no aprende.
El docente “Don Quijote de La Mancha”. Declara a las TIC como
enemigas de la educación. Sostiene que convierten al chico en un títere, le
quitan la capacidad de razonar, de memorizar, lo sumergen en un mundo de
facilismo para el que todo se resuelve apretando un botón. Desde ese punto de
vista, inicia una cruzada solitaria contra los molinos de viento: les prohíbe a
los alumnos que entreguen trabajos impresos porque “copian y pegan de la web”,
los obliga a realizar los cálculos a mano, a memorizar datos, a buscar
información en enciclopedias en formato papel, y una batería de recursos que el
chico no se le ocurriría utilizar jamás en un ámbito fuera del escolar.
Puesto en esta realidad tan
desconectada de la habitual, el alumno no encuentra relación entre su mundo
rodeado de tecnología y el universo que le propone la escuela. Las clases
pueden ser interesantes, el tema y la dinámica utilizada por el profesor puede
cautivarlo, pero la sensación de que existe un divorcio entre la escuela y el
mundo le causa un profundo abatimiento, una sensación de inutilidad en la tarea
que emprende, y rápidamente pierde el interés por el conocimiento. Las
consecuencias de tal accionar pueden preverse sin demasiada dificultad: disminución
del rendimiento en los exámenes y bajas calificaciones.
El docente “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. Seguramente maneja tecnologías,
tiene un teléfono celular con acceso a internet y una dirección de correo
electrónico que sólo utiliza como puerta de entrada a las redes sociales. No es
ajeno, por tanto, a la dinámica de la Web 2.0.
Sin embargo, ese comportamiento
cibernético es dejado de lado en el preciso instante en que pisa el aula. La
persona hiperconectada se transforma en el más acérrimo detractor de las
autopistas informáticas: internet ya no existe, las redes sociales no son
instrumentos válidos, los chicos tienen que utilizar libros, el teléfono
celular sólo sirve para jugar y debe ser terminantemente prohibido.
Es muy llamativo el
comportamiento de este grupo y la capacidad de adaptación al medio que
experimentan. Sin embargo, a pesar de esta aparente plasticidad, tienden a ser inflexibles
y poco prácticos. Considero que más que tratarse de una postura filosófica,
esta tozudez relativa a la no incorporación de TIC en el trabajo áulico, se
debe a un profundo desconocimiento de sus potencialidades.
En este sentido, si tuvieran
acceso a cursos de capacitación convenientes, seguramente sería otra su postura.
Las consecuencias de sus prácticas docentes frente a los alumnos son las mismas
que en los casos anteriores, pero este grupo cuenta con la ventaja de una
apertura mental que los otros no tienen.
El docente “Joey
Tribbiani”. Le sobra voluntad. Se esfuerza, y mucho, por acercarse a las
tecnologías, las utiliza en el aula, las promueve entre sus alumnos. Considera
a las TIC como una herramienta indispensable para desarrollar sus clases y las usa
permanentemente. Pero a pesar de todos estos esfuerzos, no logra atrapar la
atención de sus alumnos. Los chicos se dispersan, pierden interés en los
trabajos y terminan abandonando la tarea o, en el mejor de los casos, cumpliéndola
parcialmente. Y el profesor se pregunta “¿por qué?”, como el personaje de
Friends que no logra conseguir un contrato de actuación.
Para los docentes de este grupo, la frustración es casi una constante. Hay quienes, frente a estos hechos, optan por asumir que los alumnos, pase lo que pase, no aceptarán hacer nada que tenga que ver con el estudio.
Para los docentes de este grupo, la frustración es casi una constante. Hay quienes, frente a estos hechos, optan por asumir que los alumnos, pase lo que pase, no aceptarán hacer nada que tenga que ver con el estudio.
El alumno, por su parte, inicialmente valora la apertura de su profesor al uso de las TIC en el aula, la celebra, se entusiasma, pero rápidamente descubre que no puede abordar la tarea, tecnología mediante, como él está acostumbrado a hacerlo en otros entornos. Percibe una brecha, al decir de Buckingham, entre el modo en que las utiliza dentro y fuera de la escuela. No encuentra posibilidad de explorar su creatividad, desarrollar su autonomía, tomar verdaderas decisiones en la intervención de la tecnología en el producto final. Al chico le gustaría hacer un video y subirlo a un servidor, pero su profesor le indicó una presentación de alcance local. Quisiera hacer un relato oral y subirlo a una nube, pero entre las consignas figura la entrega en un documento de procesador de textos. Y así es como finalmente, va abandonando la tarea.
--------------------
Ahora bien, ¿cuál es entonces la verdadera manera de incluir las TIC en el aula?
La respuesta es mucho más sencilla de lo que parece: ¡olvidarse de su existencia!
Las tecnologías son un mundo artificial que precede a nuestros chicos (lo cual provoca que lo naturalicen) y al que nosotros precedemos (lo cual hace que tengamos que adaptarnos). Si el docente recupera su rol docente de acompañar, guiar, aconsejar al alumno en las decisiones, pero dejar que sea él quien las tome, que elija qué soporte, qué modo de presentación, de qué manera realizar la tarea, va a poder concentrarse en lo que sabe hacer y dirigir la atención de los chicos al contenido más que al continente, al tema en cuestión más que a la forma en que se presenta.
De manera que… ¡zapatero: a tus zapatos!

No hay comentarios.:
Publicar un comentario