Se puede ser médico sin haber estado enfermo; abogado, sin
haber afrontado un juicio; arquitecto, sin haber mandado construir una casa;
mecánico, sin tener auto… Pero no se puede ser docente sin haber sido nunca
alumno. Esta particularidad hace de la docencia, una profesión con carácter
reproductivista, en el sentido en que lo expresa Bourdieu.
Todo profesional carga con una mochila de experiencias
propias pero también ajenas, que son las que sus profesores le han transmitido
durante su formación académica. La conjunción de ambas define el perfil con el
que el experto tratará las situaciones a las que se vea enfrentado durante el
desarrollo de su actividad. En el caso del docente, la exposición a
experiencias de los dos tipos se da desde muy temprana edad, con consecuencias
que hay que atender en toda su dimensión.
En uno de los cursos de formación docente que tengo a mi
cargo, les estaba contando a los alumnos (futuros profesores de Educación
Técnica) las distintas metodologías de enseñanza a las que se puede recurrir.
Una de ellas, y sólo una de ellas, es el método de instrucción directa. Pues
bien, los alumnos sólo reconocieron haber pasado por esa experiencia. A tal
extremo fue esta identificación, que una de las profesoras, Técnica Química, no
podía llegar a concebir de qué manera un alumno podría obtener sal de mesa a
partir de reacciones químicas de otros componentes, sin haber estudiado primero
la teoría y las fórmulas correspondientes a tal reacción. Yo, analfabeta
química, le pongo sal a las comidas a diario y puedo reconocer este producto
sin ninguna dificultad. Del mismo modo que puedo, a partir de harina, leche,
azúcar, huevos y manteca, obtener una torta sin tener la menor idea de cómo es
el proceso que lleva a este resultado. Más aún, puedo reconocer si la torta
está bien hecha, cocida, esponjosa, y hasta podría variar cantidades, tiempo de
cocción, proporciones, para obtener un mejor resultado. Probablemente, si
alguna persona me explicara cuál es el fundamento de la receta, o qué
reacciones químicas desencadena el polvo de hornear, haría la misma torta, pero
sabiendo por qué. Y seguramente estaría más preparada para las contingencias
(otro horno, una harina de distinta calidad, menos contenido de azúcar) y para
la toma de decisiones ante las eventualidades.
¿Por qué resulta tan sencillo enseñarles a nuestros hijos a
hacer una torta partiendo de la práctica y no vemos otra manera de enseñar a
nuestros alumnos que no sea desde la teoría en un pizarrón? En verdad, no creo
tener la respuesta cabal a esta pregunta, pero a priori podría inferir que se
trata de una pesada mochila de experiencia como alumnos, que nos inclina a
pensar que si así lo vivimos nosotros, así debe ser. Años de exposición a estas
prácticas como alumnos, producen la reproducción de las mismas prácticas como
docentes.
Y son prácticas en general aceptadas, no cuestionadas y
consideradas, en algunos casos, únicas. Más aún, la sola idea de variar la
forma de enseñar, asusta y genera resistencia por parte del docente. Me vuelvo
a preguntar: ¿por qué? Y arriesgo una respuesta: porque en esta misma lógica,
la inamovible, la incuestionable, la considerada única, fueron formados todos
los docentes (o, para hacer honor a la verdad, la mayoría de ellos) que se
encuentran hoy frente a las aulas. Sus profesores les han enseñado desde el
conocimiento acabado, les han transmitido una sola visión de la cuestión
educativa, y en muchos casos, les han prohibido el disenso. La docencia es una
profesión que se ejerce en la soledad de un aula: dentro de ella, el profesor
es cacique de sus alumnos, y como tal, ejerce todo el poder que, además, le fue
conferido en estos términos en el profesorado.
Sigo insistiendo que las capacitaciones y las
actualizaciones didácticas a los docentes en ejercicio son necesarias, son
bienvenidas, son útiles, pero no son suficientes cuando los institutos de
formación del profesorado siguen reproduciendo viejas prácticas ya perimidas,
cuyos abanderados son viejos profesores (no por la edad, sino por el escalafón)
poco dispuestos a reconocer sus propias falencias.
Todo un problema político que requiere una decisión
política.

