jueves, 20 de noviembre de 2014

El eterno dilema del huevo y la gallina


Se puede ser médico sin haber estado enfermo; abogado, sin haber afrontado un juicio; arquitecto, sin haber mandado construir una casa; mecánico, sin tener auto… Pero no se puede ser docente sin haber sido nunca alumno. Esta particularidad hace de la docencia, una profesión con carácter reproductivista, en el sentido en que lo expresa Bourdieu.

Todo profesional carga con una mochila de experiencias propias pero también ajenas, que son las que sus profesores le han transmitido durante su formación académica. La conjunción de ambas define el perfil con el que el experto tratará las situaciones a las que se vea enfrentado durante el desarrollo de su actividad. En el caso del docente, la exposición a experiencias de los dos tipos se da desde muy temprana edad, con consecuencias que hay que atender en toda su dimensión.

En uno de los cursos de formación docente que tengo a mi cargo, les estaba contando a los alumnos (futuros profesores de Educación Técnica) las distintas metodologías de enseñanza a las que se puede recurrir. Una de ellas, y sólo una de ellas, es el método de instrucción directa. Pues bien, los alumnos sólo reconocieron haber pasado por esa experiencia. A tal extremo fue esta identificación, que una de las profesoras, Técnica Química, no podía llegar a concebir de qué manera un alumno podría obtener sal de mesa a partir de reacciones químicas de otros componentes, sin haber estudiado primero la teoría y las fórmulas correspondientes a tal reacción. Yo, analfabeta química, le pongo sal a las comidas a diario y puedo reconocer este producto sin ninguna dificultad. Del mismo modo que puedo, a partir de harina, leche, azúcar, huevos y manteca, obtener una torta sin tener la menor idea de cómo es el proceso que lleva a este resultado. Más aún, puedo reconocer si la torta está bien hecha, cocida, esponjosa, y hasta podría variar cantidades, tiempo de cocción, proporciones, para obtener un mejor resultado. Probablemente, si alguna persona me explicara cuál es el fundamento de la receta, o qué reacciones químicas desencadena el polvo de hornear, haría la misma torta, pero sabiendo por qué. Y seguramente estaría más preparada para las contingencias (otro horno, una harina de distinta calidad, menos contenido de azúcar) y para la toma de decisiones ante las eventualidades.

¿Por qué resulta tan sencillo enseñarles a nuestros hijos a hacer una torta partiendo de la práctica y no vemos otra manera de enseñar a nuestros alumnos que no sea desde la teoría en un pizarrón? En verdad, no creo tener la respuesta cabal a esta pregunta, pero a priori podría inferir que se trata de una pesada mochila de experiencia como alumnos, que nos inclina a pensar que si así lo vivimos nosotros, así debe ser. Años de exposición a estas prácticas como alumnos, producen la reproducción de las mismas prácticas como docentes.

Y son prácticas en general aceptadas, no cuestionadas y consideradas, en algunos casos, únicas. Más aún, la sola idea de variar la forma de enseñar, asusta y genera resistencia por parte del docente. Me vuelvo a preguntar: ¿por qué? Y arriesgo una respuesta: porque en esta misma lógica, la inamovible, la incuestionable, la considerada única, fueron formados todos los docentes (o, para hacer honor a la verdad, la mayoría de ellos) que se encuentran hoy frente a las aulas. Sus profesores les han enseñado desde el conocimiento acabado, les han transmitido una sola visión de la cuestión educativa, y en muchos casos, les han prohibido el disenso. La docencia es una profesión que se ejerce en la soledad de un aula: dentro de ella, el profesor es cacique de sus alumnos, y como tal, ejerce todo el poder que, además, le fue conferido en estos términos en el profesorado.

Sigo insistiendo que las capacitaciones y las actualizaciones didácticas a los docentes en ejercicio son necesarias, son bienvenidas, son útiles, pero no son suficientes cuando los institutos de formación del profesorado siguen reproduciendo viejas prácticas ya perimidas, cuyos abanderados son viejos profesores (no por la edad, sino por el escalafón) poco dispuestos a reconocer sus propias falencias.


Todo un problema político que requiere una decisión política.

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