Así suele llamarse a los chicos de ahora: la generación Z.
Todos
los que trabajamos en una escuela somos testigos de conversaciones en
sala de profesores en las que los protagonistas son el lamento y la
nostalgia: "los chicos de ahora ya no son los de antes...".
La
verdad, es que los chicos son los chicos, los de siempre. Lo que cambia
es el entorno en el que se desenvuelven, en el que estos chicos viven y
crecen. Y resulta ser que ese entorno también es el nuestro, pero por
algún motivo no debería ser el de la escuela. Es, en el mejor de los
casos, raro...
Nuestro sujeto de aprendizaje es el chico que hoy
está sentado en ese banco del aula, con el celular en su bolsillo, los
auriculares colgados del cuello y miles de imágenes dándoles vuelta por
la cabeza. Es el chico que difícilmente te llame por teléfono: te manda
un WhatsApp. El que si le preguntás algo, va a ir a conectarse a
internet y transferir tu pregunta al Google: no busca ni investiga,
"googlea". Sigue series por Cuevana y tiene una extensa videoteca en
Youtube, consigue su música preferida con el Ares, si le preguntás qué
está haciendo te contesta enviándote una foto, hace sus trabajos
prácticos usando el GoogleDocs y luego los muestra con un Prezi... en
fin, el libro, el papel afiche, los marcadores, las carpetas, parecen
haber quedado atrás en su vida diaria, pero nunca en la escuela.
¿Esto
es bueno o es malo? A priori, no sabría decirlo. Pero sí estoy segura
de que es real. El chico que se sienta en un pupitre y es capaz de estar
durante dos horas mirando al frente y escuchando una exposición del
profesor (o al menos haciendo que escucha), busca una palabra en un
diccionario, escribe a mano las preguntas y las responde buscando en el
libro de texto, es un chico ficticio, una construcción puramente
escolar: fuera de la escuela, el chico vive otra vida.
Creo que
ese es el principal déficit con que nos enfrentamos hoy en día como
docentes, esa brecha digital de la que habla Area Moreira: la relación del chico con la tecnología en la escuela es muy distinta de la verdadera. Ante tal
panorama tenemos dos alternativas: nos ponemos a llorar añorando tiempos
pasados e insistimos en construir un sujeto de aprendizaje que se
adapte a las tradiciones del sistema educativo, o miramos más allá de
los muros de la escuela y adaptamos nuestra metodología a las nuevas
generaciones, sea cual sea la letra que las identifique.
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